CiMA es una asociación independiente formada por científicos que trabajamos en todas las disciplinas de las ciencias naturales y sociales, vinculados por una conciencia común de nuestra responsabilidad social, y deseosos de proteger el medio ambiente y la diversidad (tanto biológica como cultural), así como promocionar la salud pública y la sustentabilidad.
Con el accidente del Prestige -la penúltima oportunidad que se nos ha concedido de "aprender por medio de las catástrofes", como decía el Club de Roma en los años setenta del siglo XX- se ha puesto en evidencia, de nuevo, la falta de medios de la comunidad científico-tecnológica existente en el Estado español para expresar su opinión de forma independiente. CiMA quiere proporcionar los cauces necesarios para que lo haga con claridad y rigor; buscamos así influir en el debate social y en las decisiones sociopolíticas.
Nos mueve la preocupación -que creemos compartir con muchos ciudadanos y ciudadanas- por el deterioro rapidísimo de la biosfera y de los hábitats humanos. Igualmente nos inquieta lo que consideramos distorsiones graves en la relación entre ciencia, tecnología y sociedad. Nos referimos a fenómenos como la fragmentación del conocimiento, una de las peores consecuencias de la hiperespecialización de muchos profesionales de la investigación. Nos desazona también la privatización del conocimiento y la "individualización de los riesgos", cuyos promotores culpan de la degradación medioambiental a las víctimas, y no a los verdaderos responsables; pretendiendo hacer creer que cada uno puede -solo, como individuo- hacer frente a riesgos que, sin embargo, no tienen más respuesta racional que el fortalecimiento de las redes colectivas de protección social, sanitaria y ambiental.
Y queremos igualmente dar respuesta a la mercantilización de las líneas de investigación, a ciertos usos perversos de la financiación privada de la I+D, a la manipulación de las conclusiones científicas por los intereses dominantes, a la opacidad antidemocrática en la gestión del sistema I+D, a una priorización inadecuada de los recursos (que excluye necesidades socioambientales básicas), al aislamiento social y cultural de los investigadores, a las desigualdades sociales en formación científico-técnica, a las insuficiencias que vastos sectores de la ciudadanía tienen en su acceso a información independiente sobre ciencia y tecnología... Creemos, en definitiva, que existe un amplio territorio de reflexión y acción para los hombres y mujeres de ciencia conscientes de su pertenencia a la polis democrática.
En los últimos siglos, y sobre todo a lo largo del siglo XX, la ciencia moderna -entreverada estrechamente con la tecnología- ha ido adquiriendo un poder formidable de modificación de la naturaleza y la sociedad. Semejante poder lleva consigo una enorme responsabilidad -verdaderamente científica-, aunque esto no siempre lo perciban claramente la sociedad ni los propios investigadores e investigadoras. Se invoca cada vez con más frecuencia, tanto dentro de los propios
círculos de científicos y tecnólogos como fuera de ellos, la idea de una ciencia con conciencia. Desde CiMA queremos hacernos cargo de esta situación, y subrayamos por eso el compromiso socioambiental de científicos y tecnólogos.
La ciencia ha avanzado diversificando y especializando las disciplinas, pero este proceder ha entrañado una pérdida de perspectiva global, holística e integradora. En paralelo, nos hemos hecho cada vez más conscientes de la interdependencia de los múltiples problemas socioecológicos a los que hacemos frente, lo cual empuja también a esa nueva integración. Urge pues encontrar vías para la desfragmentación y la recomposición de los saberes, con una perspectiva sistémica, integradora y capaz de aprovechar toda la riqueza de la colaboración transdisciplinar.
En este contexto es clave la noción de sustentabilidad, entendida como viabilidad en el tiempo de los ecosistemas y los sistemas humanos que se apoyan sobre ellos. Pero esta idea está siendo pervertida por un uso meramente propagandístico y táctico del término. También evitar la prostitución del lenguaje, que conduce a la del pensamiento, forma parte de las inquietudes de CiMA. Cuando nosotros decimos "sustentabilidad" o "desarrollo sostenible", estamos hablando de energías renovables, cierre de ciclos de materiales, agroecología, producción industrial limpia, protección de la salud, reequilibrio Norte-Sur, igualdad social, equidad entre géneros, ética de la autocontención, democracia participativa...
Cuando los seres humanos ocupábamos una porción pequeña del espacio ambiental disponible, y los impactos de la ciencia y la tecnología eran limitados, apenas resultaba necesario velar por las consecuencias lejanas de nuestras acciones: pero hoy, en la situación histórica inversa, es imprescindible. El principio de precaución -que, lejos de ser "anticiencia" ni "antitecnología", apunta a una manera mejor, más responsable y sabia, de practicar nuestras disciplinas- ha de estar en la base de nuestra manera de enfrentarnos a los ineliminables riesgos e incertidumbres.
Un siglo largo de debates dentro de la comunidad científica, y también entre ésta, los filósofos de la ciencia y los movimientos sociales, han mostrado el carácter altamente cuestionable de las construcciones ideológicas en torno a una supuesta neutralidad de la ciencia. Somos conscientes del alto grado en que los valores intervienen en nuestro quehacer, y queremos obrar en consecuencia. Un aspecto de esta problemática -pero sólo uno- será intentar facilitar el "desenganche" de los investigadores e investigadoras de los proyectos relacionados con la producción militar y la destrucción medioambiental, que hoy tienen tanto peso dentro del sistema CyT.
Uno de los problemas centrales hoy es que, en gran medida, los medios de producción están blindados frente a todo control democrático, mientras que los procesos
democráticos están ligados de formas ambiguas y fraudulentas con los procesos de producción. La optimización de resultados locales a corto plazo -que caracteriza en gran medida el proceso de producción- ha de ser contrastada con otras dimensiones del acontecer biológico, social y cultural. Los científicos y tecnólogos pueden o bien, contribuir a retirar el conocimiento de la circulación social, o por el contrario facilitar y promover un debate informado que contribuya a la democratización de los medios de producción material e intelectual.
La ciencia, las tecnologías de la información, el sistema CyT no son un coto vedado para especialistas. Es la comunidad de los ciudadanos y ciudadanas la que subvenciona la investigación científico-técnica y la que se ve después directamente afectada por la aplicación del conocimiento -o la ausencia de aplicación-: a ella le corresponde decidir en última instancia sobre la dirección que adopten la ciencia y sus aplicaciones. Pues lo que está en juego es nada menos que el tipo de ser humano y de sociedad que deseamos.
Renunciar a la racionalidad científica sería renunciar a algunas de las formas más útiles e importantes de aproximación a la realidad; supondría mutilar sin remedio la naturaleza humana y la política democrática. No ha de pedirse menos ciencia: se trata antes bien de más ciencia, otra ciencia, una ciencia responsable (social, cultural y ecológicamente responsable). Que el desarrollo tecnológico configure la sociedad no es un destino ineluctable; por el contrario, la sociedad puede y debe configurar el desarrollo tecnológico. Sólo la vía de la responsabilización de los trabajadores y trabajadoras de la ciencia, junto con un control social democrático sobre la ciencia y la tecnología, pueden impedir que un determinado modelo de desarrollo tecnológico aparezca como un proceso autónomo e irresistible. Esta autodeterminación social sobre lo que debe y no debe hacerse es irrenunciable en una sociedad verdaderamente democrática. Por tanto, una de las prioridades de CiMA será trabajar para una democratización consecuente del sistema CyT, en todas sus dimensiones y con todas sus consecuencias.
Si no queremos renunciar a lo mejor de nuestro proyecto civilizatorio -sociedades democráticas, individuos autónomos, colectividades solidarias, gentes y ecosistemas sanos, economías ecológicamente sostenibles--, entonces se impone el deber político-moral de cambiar las actuales relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad. CiMA nace para eso: su fuerza será la de los apoyos y colaboraciones que reciba.
Barcelona, 21 de junio de 2003
(con algunas correcciones y añadidos posteriores)